Sobre Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966).
Es la única película que Truffaut rodó en inglés, su primera en color, y la que más se le parece a una incomodidad. Adapta a Bradbury: un mundo donde los bomberos no apagan, queman; donde los libros están prohibidos y la gente vive anestesiada frente a pantallas murales. El 451 es la temperatura a la que arde el papel.
Montag es uno de esos bomberos. Empieza a robar los libros que debería quemar, los lee a escondidas, y la lectura lo va separando del régimen. Lo demás importa menos. Lo que importa es a dónde va el film cuando se le acaba la trama.
Va del fuego al hielo. La última secuencia abandona la ciudad y nos deja en una orilla nevada, con el pueblo de los hombres-libro: exiliados que han memorizado cada uno una obra entera y la recitan para preservarla. Cada persona es un título. Caminan por la nieve repitiéndose, esperando transmitirse a un niño antes de morir.
Ahí está la idea entera, y es geométrica. El fuego es columna: asciende, reúne, destruye, necesita una casa donde prender. El hombre-libro es otra columna —un cuerpo de pie en el frío— pero invertida: dispersa, sin dirección, incombustible porque ya no tiene dónde. El calor reúne para destruir; el frío disgrega para guardar. Resistir no es combatir el fuego. Es cambiar de geometría.
Truffaut deja una sola brasa en el cuadro: el pañuelo rojo de Julie Christie, único color cálido en un mundo desaturado a propósito, puesto sobre la cabeza de quien lee. El fuego que destruía libros queda reducido a un resto textil sobre una lectora. No lo apaga. Lo inscribe.
Se le ha reprochado a la secuencia que estetiza, que seduce, que embellece la pérdida. Es verdad. Y es la trampa: el pueblo de los libros funciona porque es bello, y esa belleza es a la vez lo que conserva y lo que desarma al que mira. Uno llega dispuesto al disgusto y se le pasa. La película seduce contra el juicio del mismo modo que acusa al mundo de seducir contra el juicio.
Lo que arde tiene lugar. Lo que camina, no.
VOZ DEL HOMBRE-LIBRO
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