Yo sí me acuerdo - Voz de la mucama
A la señora Verónica le pasó algo en la carretera. Eso lo supe el mismo día, antes que nadie, porque cuando llegó a la casa traía el pelo distinto y los ojos sin estar. Una mujer puede entrar a su casa de muchas maneras, y yo llevo trabajando aquí veinticinco años, así que sé cómo entran. Esa tarde no entró. Apareció, como aparecen las cosas que no quieren ser vistas.
Lavé el coche al día siguiente. Me lo pidió el señor sin decirme por qué. Tampoco hacía falta. En esta casa nadie pide las cosas con todas las palabras, eso lo aprendí joven. Uno limpia la sangre antes de que pregunten si hay sangre. Uno cambia las sábanas antes de que alguien se entere de quién durmió en ellas. Hay un idioma que se habla con los trapos, y yo lo hablo bien.
El coche tenía una mancha en el guardabarros que no era de barro. Yo sé cómo es el barro de la ruta cuando llueve, y eso no era barro. Pero tampoco era mi asunto. En esta casa nada es mi asunto. Esa es la condición de que yo pueda estar acá: no tener asuntos. Yo no tengo carretera, no tengo coche, no tengo accidentes. Yo tengo trapos, baldes, lavandina. Con eso me organizo el mundo.
La señora Verónica se tiñó el pelo más rubio. Yo le sostuve la toalla mientras se secaba. Ella se miraba en el espejo y no se reconocía, pero el espejo tampoco se reconocía a ella. Yo estaba al lado, sosteniendo la toalla, mirando todo. A mí me miraba menos que al espejo. Eso también es una manera de no recordar: rodearse de gente que está pero que no cuenta. La cocinera, la mucama, la enfermera del padre. Cuando alguien hace un esfuerzo grande por olvidar lo que ha hecho, le conviene que las personas que vieron lo que hizo no sean del todo personas. Le conviene que sean parte del mobiliario. Y nosotras, las que limpiamos, somos casi mobiliario. Casi.
Yo conocí al niño. No el día que pasó, antes. Era el sobrino de Aurelia, que trabaja en la casa de la hermana de la señora Verónica, allá en el campo. Un chico flaco, callado, que andaba con sus perros por el lateral de la ruta porque por ahí pasa menos camión. Lo vi tres o cuatro veces cuando fui a visitar a Aurelia los domingos. Le decían Changuito, no sé si por el nombre o porque era el más chico. Tenía once, doce años. No me acuerdo bien. Aurelia sí se acuerda, eso seguro. Una madre se acuerda de la edad exacta. Una tía también, si crio al chico cuando la madre se fue a Buenos Aires a buscar trabajo.
Cuando Aurelia llamó por teléfono unos días después de lo de la señora Verónica, yo atendí. Lloraba pero no decía qué. Solo decía: "se lo llevaron, se lo llevaron, no me lo devuelven". Yo le dije que iba a rezar. ¿Qué más le iba a decir. Yo limpio coches. Yo no devuelvo cuerpos.
Después en la casa empezaron las llamadas. El primo de la señora, que es médico, vino una tarde con una carpeta y se encerró con el señor en el escritorio. Yo les llevé café. Hablaban bajo pero yo escucho bien, escuchar es parte del oficio aunque nadie lo pida. Hablaban del parte del hospital, de una radiografía, de una placa que había que perder. Decían "ella no está bien", "ella tiene que descansar", "no hace falta complicar las cosas". Decían "ella" todo el tiempo, como si la señora Verónica no estuviera ahí, en el cuarto de al lado, peinándose. Eso lo aprendí también: cuando una mujer ha hecho algo grave, los hombres de su familia hablan de ella en tercera persona y la cuidan como a una niña enferma. Es una forma de tutela. Es una forma, también, de borrar lo que ella podría decir si la dejaran hablar.
Una semana después, todo estaba en orden. La señora Verónica volvió al consultorio. Atendió pacientes. Sonrió en una cena. Se rio de un chiste que contó su cuñado sobre la torpeza de las mujeres al volante, y todos se rieron, y yo serví la mesa. Esa noche fregué los platos hasta las dos de la mañana porque eran muchos. Cuando terminé, salí al patio a fumar. Miré la ruta a lo lejos, ese pedazo de ruta que se ve desde acá cuando el campo está seco. No pasaba ningún coche. Pensé en Changuito. Pensé en Aurelia. Pensé que el mundo de la señora Verónica había vuelto a su forma, y que esa forma se sostenía sobre el cuerpo de un chico que ya nadie iba a buscar.
Una piensa cosas, fumando en el patio. No sirven para nada. Pero las piensa.
Lo que sé, lo sé. Lo que vi, lo vi. Y aunque en esta casa yo no exista para casi nada, yo me acuerdo. Me acuerdo del pelo recién teñido y de la toalla mojada. Del coche con la mancha que no era barro. Del primo médico con la carpeta. De las llamadas de Aurelia. De la cena donde todos se rieron. De la ruta vacía a las dos de la mañana.
A la señora Verónica le ayudaron a olvidar. Para eso está la familia, los amigos, el médico de la casa, el dinero. Para eso está, también, una mujer que limpia y que no cuenta. Yo soy parte del olvido de la señora, lo sé. Sin mí, sin Aurelia, sin las que estamos en cada casa de este país sosteniendo lo que ellos no quieren mirar, el olvido no funcionaría. Necesitan que haya alguien que limpie la sangre y que después no diga nada. Esa soy yo. Esa somos.
Pero hay una cosa que no pueden controlar, y es lo que una piensa fumando en el patio. Las patronas no entran al patio de servicio. Ahí no van. Ahí no se les ocurre que pase nada. Y sin embargo ahí pasa todo lo que ellas no quieren que pase: ahí hablamos entre nosotras, ahí lloramos cuando se nos murió un familiar, ahí nos contamos las cosas. Ahí Aurelia me contó lo de Changuito, una tarde que vino. Ahí me dijo el nombre completo. Ahí me lo describió: la remera roja, los zapatos rotos, los dos perros que volvieron solos a la casa esa noche y se quedaron aullando en la puerta hasta el amanecer.
Esa imagen yo la tengo. La de los perros aullando en una casa vacía porque el chico no volvió. Esa imagen no la filmó nadie. No está en la película que cuenta lo que le pasó a la señora Verónica. En esa película no aparece Changuito, no aparece Aurelia, no aparecen los perros, no aparezco yo. En esa película aparece el coche limpio y la señora rubia.
Pero la película está hecha de lo que no se ve. Eso lo entendí cuando fui a verla, una vez que el señor me dio el día libre y la pusieron en el cine del pueblo. Fui sola. Me senté atrás. La miré entera. Y entendí que la directora —una mujer del norte, como yo— había puesto en el centro de la película precisamente lo que no se mostraba. Que el centro era el hueco. Que la película era el cuerpo del chico, pero filmado por su ausencia.
Salí del cine y caminé hasta la parada del colectivo. Hacía calor. Pensé que era la primera vez que alguien me daba algo parecido a una respuesta. No la respuesta de qué le pasó a Changuito —eso ya lo sé y siempre lo voy a saber. La respuesta de por qué yo, después de veinticinco años en esta casa, sigo limpiando un coche que tuvo una mancha que no era barro, y sigo sirviendo cenas donde todos se ríen, y sigo callando.
Sigo porque, mientras yo esté acá, alguien se acuerda. Mientras yo pase el trapo por el guardabarros, alguien sabe que ahí hubo sangre. Mientras yo escuche al primo médico hablar en voz baja con el señor, alguien guarda esa conversación. Yo no soy testigo en el sentido en que lo son los testigos en los juicios. A mí no me van a llamar a declarar. Pero soy el archivo de esta casa. Soy la memoria que ellos no saben que tienen, porque me confunden con las paredes.
Y un día, cuando ya no esté —porque una se muere, las mucamas también nos morimos, aunque parezca que no— este archivo se va a perder. O quizá no. Quizá Aurelia se acuerde por mí. Quizá su hija. Quizá la hija de la hija de Aurelia, que ya estudia en Salta y que un día va a escribir algo, o filmar algo, o cantar algo, y en eso que haga va a estar Changuito, va a estar Aurelia, voy a estar yo, va a estar la señora Verónica con su pelo rubio nuevo, y va a estar el coche limpio.
Va a estar todo lo que esta casa hizo desaparecer.
Porque las cosas no desaparecen del todo. Cambian de cuarto. Bajan a la cocina. Salen al patio. Se sientan a fumar con las mujeres que limpian. Y desde ahí, esperan.
Esta voz no existe en La mujer sin cabeza. Lucrecia Martel hizo la película más exacta posible sobre la negación social del acto: filmó a Verónica, a su entorno, al coche, al pelo teñido, a la sociedad que se organiza para que no haya pasado nada. Dejó deliberadamente fuera de campo al cuerpo atropellado, porque ese fuera de campo es la operación crítica de la película.
Pero hay un personaje que aparece en el cine de Martel sin haber sido nunca su protagonista: la mucama. La sirvienta indígena que limpia, que escucha, que sabe. En La ciénaga y en La mujer sin cabeza esa figura está siempre presente y casi nunca habla. Es el sujeto que sostiene literalmente la casa burguesa argentina y que, precisamente por sostenerla, ve todo lo que la casa quiere olvidar.
Esta pieza no pretende hablar por ella. Pretende imaginar qué pasaría si por una vez tuviera el plano. No para denunciar a Martel —su decisión de mantenerla en segundo término es coherente con su tesis sobre la opacidad de clase— sino para hacer lo que el Atlas puede hacer y la película deliberadamente no hace: traer al centro lo que la sociedad confunde con las paredes.
Changuito, Aurelia y la voz narradora son ficciones de esta pieza. La señora Verónica es de Martel. El sistema que las une, el de las casas argentinas donde se borran cuerpos y se sostienen olvidos, no es de nadie en particular: es de todos los países que tienen sus propios atropellos sin culpables.
Las cosas no desaparecen del todo. Cambian de cuarto. Bajan a la cocina. Salen al patio.
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