La silla de la izquierda . Playtime (Jacques Tati, 1967): el poder no tiene cara viva, tiene efigie y hasta la efigie está descentrada



Hay una broma que Tati no metió en la película porque fue la película. Para rodar Playtime mandó construir una ciudad entera. Cristal, acero, torres, avenidas, semáforos: una metrópolis falsa a las afueras de París que los franceses llamaron Tativille. Le costó años y una fortuna que no tenía. Construyó con sus manos la jaula moderna para burlarse de ella, y la jaula se lo comió. El rodaje lo arruinó y no se recuperó jamás. El hombre que mejor entendió que la modernidad reluciente es una trampa murió pagando la suya.

Esa es, en una frase, la película. No tiene trama. Apenas tiene diálogo. No tiene primeros planos de estrella, ni héroe, ni centro. Tiene a Monsieur Hulot —el paraguas, la gabardina, el andar de pájaro— perdido en un París de vidrio donde todo brilla y nada funciona: las puertas no obedecen, las oficinas son cubículos idénticos, los turistas fotografían edificios indistinguibles de los de su país. La ciudad es la protagonista, y la ciudad es una retícula. El chiste no lo hace un actor: lo hace la geometría.

De qué va, en realidad

Playtime va de lo que pasa cuando el orden se vuelve tan perfecto que expulsa lo humano sin necesidad de violencia. No hay villano. No hace falta. Basta el cristal, el módulo, la silla de diseño, la fila. La modernidad de Tati no oprime: dispersa. Te diluye en una cuadrícula tan limpia que dejas de tener importancia, dejas de tener centro, dejas casi de tener cara. Y lo cuenta riéndose, que es lo más subversivo que se puede hacer con el poder: no temerlo, encontrarlo absurdo.

Conéctalo con ahora

Vivimos dentro de Tativille y ya no nos hace gracia porque ya no lo vemos. Las mismas torres de vidrio en Madrid, en Dubái, en Shanghái. Los mismos aeropuertos. Las mismas oficinas diáfanas donde nadie tiene despacho y todos están "conectados". La ciudad entera convertida en una superficie lisa por la que se supone que debemos deslizarnos sin rozar.

Y fíjate en lo único que en esa superficie se coloca de frente: el rostro colgado. El retrato del mandamás, el logo de la marca, la cara del influencer en la pantalla del ascensor. Esas caras nos miran a los ojos, centradas, iluminadas, compuestas. Nosotros, mientras, vamos de perfil, como Hulot mirando los coches: de perfil en la cola, de perfil en la cámara de seguridad, reducidos —literalmente— a un perfil, una casilla en una cuadrícula que nos reparte y nos procesa. El único que tiene derecho a mirarte de frente es el que está enmarcado. Tú no. Tú esperas, y ni siquiera sabes en qué silla.

Lo que dice la retícula

Lo medí, y Tati hace lo contrario que el resto de esta serie del Atlas. Donde Bertolucci encogía a un hombre y Andersson centraba al que sufre, Tati vacía el centro. En el plano de la sala de espera no manda nadie. El único rostro frontal de todo el encuadre —el único que mira de cara— es un retrato colgado, y hasta él cae fuera del nodo áureo, ligeramente descentrado en su esquina, presidiendo una corriente de aire. Hulot, el ciudadano vivo, cae cerca del nodo inferior derecho, pero diminuto y de perfil. Y una silla vacía ocupa otro nodo con la misma dignidad que el hombre. La rejilla de cristal los iguala a los tres: la eminencia, el ciudadano y la butaca, repartidos con idéntica indiferencia. La espiral, trazada fina, nace en el hombrecito y se abre hacia la efigie que preside. El poder no tiene cara viva. Tiene cuadro.

Voz ficcionada — el retrato

Buenos días. Soy yo. El de arriba.

No el de Arriba arriba —ese no tiene marco—. Yo soy el de este marco, a la izquierda, el rostro que preside esta sala. Me colgaron aquí para que todo el que espera sepa, mientras espera, a quién le debe el privilegio de esperar.

Llevo once años gobernando esta antesala. Lo veo todo desde aquí. Veo las sillas: cuatro butacas magníficas, de acero y cuero, dispuestas según un criterio que solo yo comprendo. Y veo cómo, día tras día, el ciudadano entra, contempla mis cuatro sillas, y se sienta en la que no es.

Como ese. El del sombrerito. Lleva veinte minutos en la silla de la derecha, cuando es evidente —evidente— que esta sala exige la de la izquierda, que está más cerca de mí. Pero no. Ahí sigue, de perfil, mirando los coches, dándome la espalda a mí, que soy lo único en esta sala que mira de frente.

Ya nadie mira de frente. Esa es la tragedia de la modernidad. Yo miro de frente porque me hicieron en un tiempo en que un hombre se dejaba retratar con dignidad y una banda roja en la solapa cuyo significado he olvidado, pero que sin duda debió ser importantísimo.

¿Y para qué preside uno, me pregunto, si la sala está vacía? Porque está vacía. Ese señor no cuenta: ese no espera nada, ese se ha sentado a descansar los pies. Lo sé porque suspira. Los que esperan de verdad no suspiran: tiemblan.

He presidido reuniones. He presidido decretos. Hoy presido una corriente de aire y una butaca que nadie usa. Pero presido. Que conste en acta que presido.

Mientras tanto, joven del sombrero: la de la izquierda. Por favor. Una vez en la vida. La silla de la izquierda.

Ley fundacional de la lámina

El poder no tiene cara viva: tiene efigie. Y la efigie preside, descentrada, una sala donde nadie sabe en qué silla sentarse.

La gracia de Tati —y su filo— es que no nos manda a la barricada. Nos manda a mirar. A ver el absurdo de la jaula tan de cerca que deja de imponer y empieza a dar risa. Porque el retrato solo preside mientras lo tomemos en serio; en el instante en que ves que gobierna una corriente de aire, ya no te gobierna a ti. Hulot no derriba nada. Hulot se sienta en la silla equivocada, y al sentarse mal, sin saberlo, le quita la solemnidad a toda la sala. Esa es su revolución: la torpeza humana como lo único que la cuadrícula no consigue procesar.

Reírse del poder no lo derroca. Pero le quita el frente. Lo deja de perfil, como a nosotros. Y un poder visto de perfil ya no da tanto miedo.

φ reparte la sala en partes iguales. Tati se ríe, y la risa es lo único que no cabe en ninguna casilla.



Geometrías de la Resistencia · Atlas III · cátedra salvaje: rigor sin permiso. ✌

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