Dos jóvenes agachados en un cuarto de baño bajo el nivel de la calle, estirando el brazo hacia el techo con el móvil en alto. No rezan: buscan wifi. El único sitio de la casa donde entra una rayita de señal —robada al vecino— es el rincón del váter, que además está encaramado a un pedestal de azulejos. En ese gesto está toda Parasite (Bong Joon-ho, 2019): los de abajo, con el brazo estirado, rozando apenas lo que les sobra a los de arriba.
La voz de Ki-jung · encaramada al inodoro, cazando wifi.
Sube el brazo. Más. Ahí. ¿Lo ves? Una rayita. Una sola rayita de wifi que no es nuestra. Bienvenido al punto más alto de mi casa: el váter.
Te ríes, pero es literal. Vivimos medio metro bajo la calle, y el sitio más elevado que tenemos es el retrete, en su pedestal, porque la mierda, aquí abajo, no baja sola: hay que ayudarla a subir para que se vaya. Toda una metáfora. Pero yo no me paro a pensarla. Yo subo el brazo y robo la señal del de arriba.
Porque eso es lo que somos los de mi altura: gente con el brazo estirado. No pedimos la casa ni el coche. Pedimos la rayita. Un poco de lo que a ellos les sobra y ni notan que les quitamos. Parásitos, dirán algunos. Yo digo supervivientes con buen pulso.
No soy tonta, que quede claro. Diseño mejor que los que fueron a la escuela de arte que no pude pagar. Falsifico un título en quince minutos y nadie nota la diferencia, porque el talento sin dinero no es talento: es un hobby. Lo único que me separa de la chica rica de arriba no es la cabeza. Es la altura a la que nací.
Y lo más gracioso es lo del olor. Ellos no saben que huelen distinto a nosotros. Para ellos el olor es el nuestro: el del metro, el del sótano, el de la ropa que no se seca nunca en una casa sin sol. Puedo robarte el wifi, el trabajo, hasta la cara. El olor no. El olor es lo último que delata de qué piso vienes.
¿Sabes cómo termina esto? Yo ya lo sé. Termina conmigo sentada en este mismo váter, pero con todo saliendo a borbotones por debajo, la casa inundada, el agua de la ciudad entera bajando hasta nosotros, porque el agua, como el dinero, siempre corre hacia abajo. Y yo ahí, fumando, tranquila, como una condenada que ya conoce la sentencia.
Porque esa es la última verdad de la altura: cuando llueve sobre los ricos, a ellos les riega el jardín. A nosotros nos llega su agua sucia hasta el cuello.
Sube el brazo. Coge tu rayita. Es lo más alto que vas a llegar hoy.
Quién es Bong Joon-ho
Parasite es la obra que coronó a Bong Joon-ho, cineasta surcoreano que llevaba dos décadas mezclando géneros con una libertad envidiable —el thriller de Memories of Murder, la criatura de The Host, la distopía ferroviaria de Snowpiercer, que ya era una alegoría de clase en horizontal—. Con Parasite pasó a la historia por partida doble: fue la primera película coreana en ganar la Palme de Oro en Cannes (2019) y la primera película de habla no inglesa en ganar el Óscar a Mejor Película (2020), donde además se llevó Dirección, Guion Original y Película Internacional. Bromeó al recogerlo invitando a Hollywood a superar "la barrera de los subtítulos, de dos centímetros de alto".
La coescribió con Han Jin-won y la protagoniza su actor fetiche, Song Kang-ho, como el padre Ki-taek. Pero el verdadero protagonista es la arquitectura.
La película: una geometría de la desigualdad
La familia Kim vive en un banjiha, el semisótano que abunda en Seúl: una vivienda mitad enterrada, con ventanas a ras de acera. Bong lo eligió por su valor psicológico exacto. En sus palabras: aún estás medio fuera, todavía te llega algo de luz, todavía no has caído del todo al sótano — pero podrías caer más bajo. Esperanza y miedo a la vez. Esa es la psique de los Kim.
Los Kim se infiltran uno a uno como empleados en casa de los Park, una familia rica que habita una mansión modernista en lo alto de la ciudad, todo cristal, jardín y escaleras. Y aquí está el sistema formal del film, su genio: Bong no para de filmar a los personajes en alturas distintas.
Escaleras, cuestas, peldaños, rampas. Nadie está nunca al mismo nivel. La cámara dice, plano tras plano, lo que el guion calla: no jugamos en el mismo campo.
Hay dos golpes maestros. El olor: el señor Park comenta que el chófer pobre "huele" —a metro, a gente que vive apretada— y ese desprecio, esa frontera que el dinero no borra, es lo que acabará desatando la tragedia. Y la inundación: una noche de lluvia, los Kim huyen de la mansión y bajan, y bajan, escaleras y calles abajo, hasta su semisótano anegado de aguas fecales. El agua corre cuesta abajo igual que la miseria: lo que para los ricos es una tormenta bonita vista tras el cristal, para los pobres es la mierda subiéndoles por el váter. Geometría pura: la desgracia, como el agua, siempre encuentra el nivel más bajo.
Por qué importa ahora
Parasite es la película que mejor ha retratado la desigualdad del siglo XXI, y por eso arrasó en medio mundo: porque su diagnóstico no es coreano, es global. La clase ya no se vive como una línea que se pueda cruzar estudiando o trabajando duro —esa promesa, la del ascensor social, se ha averiado en casi todas partes—. Se vive como una altura fija en la que naciste.
Los Kim son brillantes, encantadores, capaces. Ki-jung diseña y falsifica mejor que ningún titulado; Ki-woo daría un profesor excelente. No les falta talento: les falta altura. Y lo único que pueden hacer con lo de arriba es robarle un poco—el wifi, el empleo, la confianza— sin que les vean. Es el retrato exacto del precariado actual: una generación entera con el brazo estirado hacia una conexión, una vivienda, una vida que ve clarísima a través del cristal y no puede tocar. Vivimos rodeados de gente que habita literalmente debajo de nosotros —semisótanos, infraviviendas, turnos de noche— y a la que solo percibimos, como los Park, por el olor: por la molestia. La película advierte adónde lleva esa frontera invisible cuando se mantiene el tiempo suficiente: el agua, callada, sigue subiendo.
Lo dice la geometría de la lámina sin una palabra: el punto áureo cae justo en el gesto de alcanzar; lo más alto del cuadro son dos móviles pegados al techo, buscando una señal prestada; y el objeto que preside el centro de la casa es un inodoro elevado. La armonía coincide con el acto de estirar el brazo hacia lo que no es tuyo. La clase, aquí, no es metáfora: es coordenada.
Viven bajo la calle. Lo más alto que alcanzan es una señal que no pagan.
Lámina 03.18 · Atlas III: Geometrías de la Resistencia. Laura Muñoz Liaño — Producciones 24Violets. Fuentes: ficha, entrevistas (Architectural Digest) y crítica sobre Parasite; datos de Bong Joon-ho, premios y reparto documentados, como no. La voz de Ki-jung es voz ficcionada del Atlas, propia cosecha; las lecturas geométrica y social son interpretación propia y nada más que propia.
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