Lo más cómodo que se ha dicho de Trainspotting (Danny Boyle, 1996) es que es una película sobre drogas. Es mentira, y es una mentira útil: mientras hablamos de la jeringa, no hablamos de lo que de verdad ataca, que es el sistema entero que te vende una vida y te llama libre por comprarla.
La película abre con una orden disfrazada de consejo: «Elige la vida.» Y a continuación, mientras Renton corre por Edimburgo perseguido por guardias de seguridad, esa vida se desglosa en su verdadero contenido — un trabajo, una carrera, una hipoteca, un televisor enorme, electrodomésticos, salud, seguros, un sofá donde hundirte hasta no distinguir un día de otro. La «vida» que el sistema te manda elegir es un catálogo. Y Renton, el yonqui, el fracasado, hace la única pregunta lúcida de toda la función: ¿y por qué iba yo a querer eso?
No es la apología de la droga. Es la acusación del consumo. La heroína de Renton y la respetabilidad que se nos exige son, en el fondo, la misma operación: dos formas de no sentir. Una con aguja. La otra con nómina.
La voz de Renton, treinta años después
¿Y si yo tenía razón?
Sé que no es lo que quieres oír. Quieres la versión con moraleja: el yonqui que toca fondo, ve la luz, elige la vida y se vuelve uno de vosotros. Tranquilos. Esa también la viví. Cogí el dinero, me puse la corbata, elegí el sofá y la hipoteca y un televisor que te cagas. Me porté bien. Y fue, con diferencia, la droga más limpia que probé — la única que te aplauden mientras te la metes.
Porque ese era mi diagnóstico, y nadie lo ha desmentido en treinta años: la vida respetable también es una aguja. Solo que la suya tiene buena prensa. Te enganchan a deber, a comprar, a actualizar, a no parar nunca, y a eso lo llaman prosperar. Yo me chutaba para no sentir. Vosotros os chutáis lo mismo, pero con nómina. La diferencia no es la dignidad. Es el envase.
Mi único error no fue elegir mal. Fue creer que la heroína era un escape. No lo era. Era otra pantalla más, otra forma de mirar para otro lado. En eso me equivoqué. Pero el diagnóstico era exacto.
Y ahora mírate. Mírate ahora.
Yo necesitaba un camello, una cuchara, una vena que no se hubiera colapsado todavía. Vosotros lo lleváis en el bolsillo. Brilla, vibra, no deja marcas. Os despierta y os duerme. Os dice qué sentir y cuándo. Habéis conseguido lo que yo soñaba en mi peor noche: un pico infinito, legal, sin resaca visible, que además sube tus seguidores. Y lo más bonito: ninguno de vosotros se llama adicto. Os llamáis informados. Conectados. Al día.
Yo, al menos, sabía que estaba enganchado. Esa era toda mi honradez, y no era poca. Sabía el nombre de mi veneno y le veía la cara. Vosotros os anestesiáis sonriendo, convencidos de que estáis muy despiertos porque la pantalla os enseña el mundo entero — el mundo entero convertido en algo que da gusto deslizar con el pulgar.
Así que no me pidas que me arrepienta del todo. Me arrepiento del método. No del olfato. «Elige la vida», decían. Y yo pregunté lo único sensato: ¿cuál? ¿La que se compra? ¿La que se scrollea? ¿La que se mide en likes y en plazos? Esa no es vida. Es una sala de espera muy decorada.
No me preguntéis por qué elegí no elegir vuestra vida. Preguntaos por qué la elegisteis vosotros sin elegirla siquiera.
Yo, al menos, sabía lo que me metía. ¿Y tú?
Quiénes la hicieron, y por qué
No es un panfleto de aficionados. La firman tres nombres que sabían exactamente lo que hacían.
Danny Boyle, el director, venía de Shallow Grave (1994) y estaba en la cresta: Hollywood lo llamaba — Sharon Stone le telefoneó en persona para ficharlo —. La rechazó para adaptar la novela de un desconocido. John Hodge, el guionista — médico de formación, conviene saberlo: el hombre que escribió la película de heroína más famosa de la historia venía de la sanidad pública —, hizo la jugada maestra del guion: sacó el monólogo del «Elige la vida» de la mitad de la novela de Irvine Welsh y lo plantó como primer disparo de la película. Lo primero que oyes ya es la acusación. Andrew Macdonald producía.
¿Por qué la hicieron? Boyle lo dijo: querían capturar la energía de la transgresión. Pero hay algo más político debajo. Trainspotting nace en la resaca del thatcherismo, esa doctrina que repetía que «no hay alternativa» al mercado. La película es la alternativa hecha mueca: unos chavales que se niegan a entrar en el redil, aunque su «fuera» sea autodestructivo. Y su gesto más radical no es la droga: es la ausencia de moralina. Boyle y Hodge se niegan a darte la lección que esperas, a castigar a sus personajes para que te quedes tranquilo. Te quitan la coartada moral y te dejan solo con la pregunta. Eso, en 1996 y ahora, es un acto subversivo.
Por qué hoy es más radical que entonces
En 1996 el «Elige la vida» señalaba el consumo: el televisor enorme, la hipoteca, la lavadora. Era una crítica de objetos. Treinta años después, los objetos son lo de menos. La adicción se ha vuelto ambiental, invisible, permanente — y se llama atención.
El sistema ya no te vende un sofá: te vende horas de tu vida fragmentadas en deslizamientos. La pantalla es la vena común. No deja marcas en el brazo, así que nadie se cree enganchado. Pero hace exactamente lo que Renton describía: te despierta, te duerme, te dice qué sentir, te ahorra el trabajo de elegir mientras te convence de que eliges. El «Choose Life» de hoy sería elige el scroll, elige el like, elige la versión de ti que se puede publicar.
Y aquí está lo más amargo, lo que vuelve la película un espejo y no un recuerdo: el sistema absorbió hasta su rebeldía. El Britpop se vendió, la estética se convirtió en camiseta, el «Choose Life» acabó en pósters de tienda de regalos. Es la mecánica de siempre: el capitalismo no combate lo que lo critica, lo pone a la venta. Trainspotting avisó de eso y Trainspotting lo sufrió. Pero el diagnóstico — que la vida respetable es una anestesia con mejor prensa que la droga — sigue intacto, y cada año que pasa lo confirma.
Lo dice la geometría de la lámina sin un eslogan: el rostro de Renton, la conciencia, expulsado al borde izquierdo; los pies atados, el destino, en el borde derecho; y entre ambos, en los puntos áureos, solo grava y vía muerta. La forma grita destino. La armonía cae en el relleno. El cuerpo se estira de borde a borde para producir el golpe — y el golpe, como toda esta época, es vértigo sin salida.
Renton eligió no elegir. Se equivocó de método, no de olfato. Y la única elección que de verdad importaba — la que ni el sofá ni la aguja ni la pantalla te dejan hacer — sigue siendo la misma: estar despierto.
El sistema no te prohíbe elegir. Te agota hasta que aceptas lo que ya eligieron por ti.
Lámina 03.15 · Atlas III: Geometrías de la Resistencia
Laura Muñoz Liaño — Producciones 24Violets
Fuentes: entrevistas y crítica sobre Trainspotting; ficha y datos de Boyle, Hodge y Macdonald verificados. La «voz de Renton» es voz ficcionada del Atlas, no diálogo del film; las lecturas geométrica y política son interpretación propia.
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