No pido que me entiendan. Pedí una vez, en la plaza, con los otros viejos: un poco más de pensión, lo justo para no acabar en la calle. Vinieron los guardias y nos dispersaron como se dispersa el humo. Aprendí esa mañana que pedir, a mi edad, ya es haber perdido.
Treinta años serví. Treinta. Y al final cabía entero en una habitación que la casera quería para alquilarla por horas a parejas con prisa por vivir.
No tenía a nadie. Tenía a Flike.
Un perro no sabe que eres pobre. No sabe que debes el alquiler, que la fiebre es fingida para que te den cama y caldo, que has contado las monedas tantas veces que ya no suman. Solo sabe que vuelves. Y vuelve él.
Pensé en irme. Lo digo una vez, porque fui hasta el borde: pensé en quitarme de en medio. Y como no concebía dejarlo solo en un mundo que a mí ya me había soltado, lo cogí en brazos y caminé hacia las vías.
Venía el tren.
Y se asustó. Se retorció, escapó de mis manos, huyó de mí como se huye de un peligro. De mí. Yo, que era lo único que tenía, fui por un instante lo que más debía temer.
Ahí lo entendí. Su vida no era mía para terminarla. Yo era lo que lo sostenía, y un hombre no se rinde mientras algo dependa de su mano.
Lo llamé. Tardó en venir, hice mal, y los que nos quieren tardan en volver cuando hemos hecho mal. Pero vino. Le tiré una piña, jugó, jugamos. No arreglé nada: sigo debiendo, sigo sin sitio, el futuro es igual de negro que esta mañana.
Pero íbamos dos. Y mientras vamos dos, todavía soy alguien. Todavía hay una mano en este mundo de la que algo pende. A mi edad, eso no es poco. No es poco.
Voz ficcionada · Umberto D.
Argumento
En la Roma de la posguerra, Umberto Domenico Ferrari, funcionario jubilado tras treinta años en el Ministerio de Obras Públicas, intenta sobrevivir con una pensión que ya no le cubre el alquiler. Su casera quiere desahuciarlo para ampliar el salón y alquilar la habitación por horas. Umberto debe quince mil liras y no tiene cómo reunirlas.
Solo tiene a dos seres de su lado: Maria, la criada embarazada de la casa, y Flike, su perro. Finge una enfermedad para conseguir cama y comida en el hospital; intenta mendigar y no puede; trata de regalar al perro para ponerlo a salvo, y tampoco puede.
La película no ofrece justicia ni rescate. Solo una verdad última: cuando ya nadie te sostiene a ti, lo que te mantiene en pie es seguir siendo aquello de lo que otro depende.
En qué momento
Umberto D. es el último gran film del primer neorrealismo, y el más radical de todos.
De Sica y su guionista Cesare Zavattini llevan aquí su método al extremo: la poetica del pedigüeño, el seguimiento paciente de una vida cualquiera hasta que los gestos más triviales, una criada que enciende la cocina, un hombre que se toma la fiebre, adquieren el peso de lo esencial. No hay trama en el sentido clásico; hay una mirada que no aparta los ojos. André Bazin la consideró la culminación de todo lo que el neorrealismo había prometido. Se dice que fue la película favorita de Ingmar Bergman.
Llega además en el cierre de una trilogía involuntaria sobre la dignidad de los humildes: Sciuscià (la infancia), Ladri di biciclette (la paternidad) y este Umberto D. (la vejez). De Sica se la dedicó a su padre. Después de ella, el neorrealismo puro empezó a disolverse: Italia, en plena recuperación, no quería verse reflejada en un viejo que sobra. La película fue un fracaso comercial y la crítica oficial la trató con dureza. El tiempo le dio la razón: hoy es uno de los retratos de la vejez y la soledad más altos que ha dado el cine.
Contexto actual
Setenta años después, Umberto D. no necesita actualización: ya estamos dentro de ella.
Pensiones que no llegan a fin de mes. Mayores que sobran en ciudades pensadas para los jóvenes y los que tienen prisa. La vivienda convertida en negocio por horas. La soledad de quien ha trabajado toda una vida y descubre que el sistema lo cuenta como un gasto, no como una persona.
La pregunta del film sigue intacta: ¿qué hacemos con quien ya no produce? Y su respuesta, también: la dignidad no la concede el Estado ni la pensión. La sostiene, a veces, el hecho mínimo de que alguien —aunque sea un perro— todavía te espere.
Lloviendo piedras, Ladri di biciclette, Umberto D.
Las tres láminas son una sola, leída en las tres edades de una vida.
En Lloviendo piedras, los padres sostienen a la hija: la mano va hacia abajo, del adulto a la criatura. En Ladri di biciclette, el hijo sostiene al padre humillado: la mano va hacia arriba, de la criatura al adulto. En Umberto D. el viejo sostiene a lo que ya ni siquiera es humano —y lo hace a distancia, al final de una correa.
El mismo gesto recorre las tres y se va desplazando. La línea de tensión áurea, que en Loach unía tres cuerpos y en Ladri unía dos manos, en Umberto D. deja de ser metáfora: es, literalmente, la correa. Lo que se sostiene está cada vez más lejos, sujeto por un hilo cada vez más fino. Y sin embargo se sostiene.
Resistir, en estas tres películas, nunca es vencer. Es no soltar.
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