Z (Costa-Gavras, 1969) - Geometría de lo que no pudieron borrar


VOZ FICCIONADA DEL JUEZ INSTRUCTOR (Laura Muñoz)

Me enviaron a cerrar. Un accidente no necesita instrucción; necesita una firma. La mía. Leí el atestado: camión, velocidad, hora. Todo encajaba demasiado para un accidente —los accidentes son sucios, y este estaba ordenado—. Llamé a declarar. Un coronel, un general, condecoraciones; hablaban como quien ya sabe la sentencia, corteses, con esa cortesía del que no contempla que le digas que no. Pregunté lo que no se preguntaba: quién pagó al del camión, quién miró hacia otro lado, por qué dos hombres del orden estaban donde no debían a la hora que no debían. Lo llamé asesinato en el acta. La palabra cambió de tamaño en cuanto la escribí: un accidente no tiene autores; un asesinato sí. Y los autores llevaban uniforme. Sé lo que viene. No tengo ejército. Tengo un acta. Y un acta firmada no se archiva: solo se puede derogar el país entero para taparla. Y eso, tarde o temprano, también se escribe.

Esa voz no está en la película tal cual; la pongo yo en boca del juez. Pero el gesto es exacto. En Z todo se juega en una palabra. Accidente o asesinato. La distancia entre las dos es la película entera y  medio siglo después, sigue siendo la distancia entre lo que el poder hace y lo que el poder escribe que hizo.

En una ciudad mediterránea que el film nunca nombra, un diputado de izquierdas, pacifista, llega a dar un mitin contra el armamento nuclear. Al terminar, mientras cruza entre la gente, un vehículo lo embiste y un hombre lo golpea en la cabeza. Muere poco después. La versión oficial llega antes que el duelo: accidente, conductor bebido, mala suerte. Un juez instructor, enviado a poner la firma de rigor, tira del hilo y descubre que el atropello fue una ejecución organizada desde el propio aparato del Estado, que contrató a matones de un grupo ultra y luego lo encubrió. El juez imputa por asesinato a altos mandos de la policía y el ejército. Y entonces el film niega cualquier alivio: un epílogo informa de que los culpables apenas fueron castigados, de que varios testigos murieron en circunstancias turbias, de que el juez fue apartado y de que poco después un golpe militar tomó el poder. La dictadura prohibió una lista larga y absurda de cosas: el pelo largo, las minifaldas, cierta música, ciertos autores... y entre ellas, la letra Z.

Porque Z no es una inicial cualquiera. Es la primera letra de Ζει: "vive". El lema que los seguidores de Grigoris Lambrakis lanzaron tras su muerte. Lambrakis fue real: diputado, médico, atleta, pacifista, golpeado en Tesalónica el 22 de mayo de 1963 por dos ultraderechistas a la vista de una multitud y de algunos policías. No cayó muerto en el acto. Agonizó cinco días y murió el 27. Cinco días en los que la versión oficial tuvo tiempo de fraguar el "accidente" mientras él todavía respiraba. El juez que de verdad instruyó el caso, Christos Sartzetakis, fue detenido y torturado por la dictadura; años después llegó a presidente de Grecia. El novelista Vassilis Vassilikos contó aquello en un libro, y Costa-Gavras lo llevó al cine en 1969, con seudónimos y sin nombrar el país, rodando en Argelia porque en Grecia era imposible, con una banda sonora de Mikis Theodorakis , encarcelado y desterrado por la propia Junta sacada del país a escondidas.

Por eso el título es la provocación. La Junta había prohibido la letra; el film se llamó como la letra prohibida. En 1969, ver esta película era desobedecer. No se pudo estrenar en Grecia hasta que cayó la dictadura. Y aun así o por eso fue donde llegó: Gran Premio del Jurado en Cannes, Oscar a la mejor película de habla no inglesa, la primera película nominada a la vez a Mejor Película y a Mejor Película Extranjera. Un film prohibido en su país compitiendo por el máximo galardón de Hollywood. La forma del film es lo que lo hizo posible: Costa-Gavras no compone la belleza, monta el vértigo. Corta. Reconstruye el crimen como un thriller que parece un documento y un documento que parece un thriller, y en esa velocidad consigue lo que rara vez logra el cine de denuncia, acusar sin dejar de ser cine. La calle, mientras tanto, hacía su propio montaje: el funeral de Lambrakis en Atenas reunió a medio millón de personas, y la letra que la Junta raspaba cada mañana del asfalto reaparecía pintada cada noche.

Z no envejece, y no por nostalgia. Es porque no retrató un régimen: retrató una operación. El poder golpea, y antes de que el cuerpo se enfríe ya está escrita la versión. Accidente. Agitadores. Restablecimiento del orden. La palabra exacta cambia; la maniobra, nunca. Cada muerte bajo custodia archivada como causa natural, cada carga policial narrada como contención, cada guerra rebautizada operación: Z ya lo había filmado. No predijo nada. Describió una gramática.

Y dejó abierta la pregunta que el cine político no ha cerrado en medio siglo: qué puede una imagen frente a un Estado. Z respondió con la forma, y sostuvo que se podía atestiguar incluso contra la prohibición. Atestiguar, cuando el poder dedica tanto esfuerzo a borrar, ya es un acto. La letra pintada cada noche sobre el asfalto que cada mañana raspaban es la definición más honesta de lo que hace una película así.

Hay una vuelta de tuerca que el film no pudo prever y que lo vuelve más elocuente, no menos. La Z que en 1963 significó vive , resistencia contra un poder que mataba y mentía, es hoy la marca pintada en los tanques rusos que invadieron Ucrania en 2022: divisa del Estado que agrede. El mismo signo. Dueños opuestos. No es una ironía de la historia: es su lección. Un símbolo no tiene contenido propio; lo llena quien lo traza. La inicial de la resistencia y la enseña de la invasión son la misma letra, y la diferencia no está en la forma sino en la mano que la escribe y sobre qué cuerpo la escribe.

Ahí Z deja de ser un film de 1969. La forma no es neutral. La línea, la diagonal, el signo en el suelo no significan por sí mismos: significan según quién los dispone y contra quién. Una formación de cascos es orden o es amenaza según de qué lado del plano estés. Una letra es promesa o es condena según quién empuñe la brocha. El poder no vive solo en lo que hace: vive en quién tiene derecho a fijar la forma y a decir qué quiere decir. Por eso se mide. No para encontrar belleza. Para ver quién dispone.

Prohibieron la letra. El film la devolvió al suelo. No pudieron borrar la inicial: la resistencia es lo que queda escrito cuando el cuerpo ya no está.

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