Nido de víboras (1948) — Geometría de la dignidad

 


Basada en la novela semiautobiográfica de Mary Jane Ward (1946), la película sigue a Virginia Cunningham (Olivia de Havilland), una mujer que despierta internada en una institución psiquiátrica estatal sin recordar cómo llegó allí. Virginia no está en el oro está a 76,7 px del centro exacto, “en tierra de nadie”, mientras el punto áureo más resonante (R 0,867) lo ocupa la mujer del bolso, la que ya no mira.

Quizás, si observamos la escena podríamos aventurarnos y afirmar que es fiel a la intención de Litvak: el manicomio sienta en el centro al rebelde, no lo expulsa al margen. ¿Quién vigila la alfombra? La alfombra, es lo único que no es vigilado del encuadre y Virginia lo ocupa en horizontal, se resiste a la verticalidad social de las que otras participan, las otras. La retícula φ, bandas φ², espiral logarítmica convierte en dato lo que Ward escribió como testimonio: dentro del encierro hay una geometría de la dignidad que no coincide con la geometría del poder.

Dicen que la novela y el filme contribuyeron directamente a que muchos estados de EE.UU. aprobaran legislación para mejorar las condiciones de los hospitales psiquiátricos estatales TCM. Fue además la primera película comercial estadounidense en poner la esquizofrenia como tema central, en plena era de los campos de internamiento masivo, la hidroterapia punitiva y el electrochoque sin consentimiento informado Psychiatric Times. No crean que la cosa ha cambiado mucho.

Litvak rodó primero todas las escenas del hospital y luego concedió a de Havilland(Olivia) un mes de descanso antes de los flashbacks, para que el agotamiento del encierro quedara inscrito en el cuerpo de la actriz . La escena de la alfombra que os inserto al final de este post es una coreografía de cuerpos que han aprendido a habitar la institución cada una en su propia coordenada de la retícula, como  muestra el atlas.
Lo peor llega vía el doctor Kik y la recuperación de la figura paterna que desplaza la crítica estructural hacia un "complejo de Edipo" domesticable. Lo peor de la película sin duda, pero no se le puede pedir más a la época... bueno si no se hizo en aquella en la de ahora menos (ahora nos meterían un cura, al del psicoanálisis, el médico también, que de gente...). La escena de la alfombra resiste precisamente porque en ella no hay terapia: hay comunidad horizontal entre las internas, lo que el relato médico de la película no puede contener. La de espaldas en la banda φ² exterior (4,9 px), apunta a esa zona del plano que la narrativa oficial no integra.

En una época de vigilancia algorítmica y visibilidad obligatoria, que Virginia elija la horizontalidad de la alfombra fuera de la retícula áurea se lee como una ética de la invisibilidad voluntaria.

Hubo un momento en que un plano de mujeres en una sala con alfombra movía leyes. Hoy ningún fotograma mueve nada. Lo que se ha movido es otra cosa: el lugar donde se firma. Se cura a la gente para devolverla al sitio que la enfermó, con una explicación nueva para que la pieza no vuelva a fallar.

Voz ficcionada · Mary Jane Ward, la que estuvo, la autora de la novela biográfica

Yo no despertaba sin recordar. Eso es de la película. Yo recordaba demasiado, que es otra enfermedad y no se rueda bien.

Me ingresaron en Rockland, en el estado de Nueva York, en 1941. Ocho meses. Me dijeron esquizofrenia; hoy hay quien dice que no lo era. Da igual. Lo que fui allí no dependía de la palabra sino del pabellón. Cada pabellón tenía un número y el número era el diagnóstico verdadero: cuanto más alto, menos persona. Escribí la novela para que se viera eso y no la palabra. Por eso en el libro nadie explica de dónde le viene a Virginia lo suyo. No lo sabía yo; no iba a fingir que lo sabía un médico.

Eso lo puso Hollywood. Un padre, un novio muerto, un doctor que ata los cabos. Lo entiendo: un estudio no puede vender ocho meses sin motivo. Yo firmé la venta y fui a ver la película y me pareció valiente, con esa cura pegada al final como una etiqueta de precio. Nunca dije en público lo que digo aquí. En 1948 una mujer que había estado allí no discutía con la Fox. Bastante era que la escucharan.

Sí es verdad lo de la alfombra, o algo parecido. Había pabellones con suelo y pabellones con alfombra, y la alfombra no era comodidad, era jerarquía. Las de arriba la pisaban; las de abajo la veíamos desde el pasillo. Que en el plano Virginia esté sentada encima, castigada, en el centro, con la enfermera fuera de toda línea, lo mide alguien ochenta años después y a mí me parece bien medido. Mi marido era estadístico. Le habría gustado su retícula. A mí me gusta lo que dice sin querer: que el poder nunca sale en el sitio donde compone.

Lo de los veintiséis estados lo inventó o lo redondeó la Fox, pero hubo leyes, hubo periodistas que entraron con cámaras, hubo dinero para pabellones. Eso lo hizo la película más que el libro, y lo acepto. Lo que no hizo ninguna de las dos fue tocar la firma. Yo entré con la firma de otro y salí con la mía, ya escrita. Cuando volví a caer, años después, la firma seguía siendo de otro. Escribí otro libro sobre eso, y ya no lo leyó nadie, porque la segunda vez no es noticia. La segunda vez es lo que somos.

Que hoy sigan atando a gente a una cama con documentos delante, y que lo llamen consentimiento, no me sorprende. El consentimiento es lo que se pide cuando ya no puedes negarlo. Lo que se pide antes se llama otra cosa; se llama preguntar.

No me curé. Aprendí a estar fuera. Son cosas distintas y la película las confunde porque necesita la verja. A mí me faltó la verja: salí por una puerta de servicio con un abrigo que no era mío, y nadie rodó eso.

Si van a medir algo, midan la puerta de servicio. Ahí es donde estamos las que lo vivimos: fuera del plano, a unos píxeles del borde, sin que nadie compusiera nuestra salida.


Datos reales: Rockland State Hospital, 1941, unos ocho meses; diagnóstico de esquizofrenia hoy discutido; en la novela no hay explicación causal de la enfermedad; marido (Edward Quayle); segundo ingreso años después y segunda novela sobre ello (Counterclockwise, 1969), sin repercusión. Ficción mía: la puerta de servicio y el abrigo, la jerarquía de la alfombra por pabellones (verosímil, no documentada), y su opinión sobre el final de la película (en público la apoyó).




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